Ciudad Victoria, Tamaulipas
Francisco Javier Álvarez de la Fuente
Opinión




Derechos y obligaciones de padres e hijos
30/03/2011


Con la Declaración de los Derechos del Niño en 1959 no se hizo una concesión generosa a los menores de 18 años a modo de invento democrático. Se vindicaba y defendía la dignidad que siempre habían poseído pero que hasta ese entonces no estaba legislada.
Sin embargo, años más tarde, algunos grupúsculos vieron la oportunidad de cogerse de este tema para potenciar sus ideologías. Es así que en 1979, Año Internacional del Niño, se inicia la redacción de la “Convención de los Derechos del Niño”, documento que será aprobado en 1989 por la ONU.
¿Qué se buscaba con él? Esencialmente, DESTRUIR A LA FAMILIA.
¿Cómo? Desmantelando los derechos y responsabilidades de los padres sobre sus hijos y sacrificando el bienestar de los infantes arrancándolos de la familia para entregarlos al Estado.
Liderando la consecución de este objetivo estaban algunos grupos de feministas radicales que pretendieron que los niños ejercieran sus “derechos” para que la mujer pudiera librarse de la maternidad.
Así, disfrazados de “progresos”, se impusieron algunos nuevos puntos que difícilmente estaban a favor de los niños: se privilegiaba, por ejemplo, el inmiscuirse del Estado en el ámbito privado de la familia en una prerrogativa tan fundamental de los padres como el educar a sus hijos.
Es decir, se cambió el legítimo interés por el bienestar del niño por una falsa y peligrosa visión de un niño autónomo con los mismos “falsos derechos” que se proponían para los adultos, amenaza real para la autoridad de los padres y la integridad de la familia.
 Todo esto bien se puede resumir en un antagonismo artificial a modo de rivalidad entre los derechos de padres y los de los hijos.
¿Y es que no es así? No. Los derechos de los padres sobre sus hijos les enriquecen, no les coartan. Y viceversa respecto a los derechos de los niños. El hacer aparecer una porfía entre ambos no es justo. Primeramente porque no son contrarios sino complementarios  y, en segundo lugar, porque también implican obligaciones o, lo que es lo mismo, responsabilidades.
El niño tiene derecho a expresarse libremente así como su padre tiene el deber de educarlo según su edad para que esa expresión esté apegada a la verdad así como evitarle todo aquello que le puede ser objeto de perjuicio.
El niño tiene derecho a la libertad de conciencia así como el padre a educarle en que esa conciencia sea buena y no la que el Estado quiera hacerle aparecer como tal.
El niño tiene el derecho a asociarse libremente así como el padre a ayudarle a discernir y evitar que sus “socios” sean unos pandilleros.
El niño tiene el derecho a ser guiado y el padre la responsabilidad y derecho de guiarlo obligatoriamente bien.
Los niños dependen y necesitan ser cuidados; los padres necesitan cuidar y ayudar a caminar hacia la sana independencia a los niños que un día dejarán de serlo.
Y es que la familia es la primera escuela de la vida.
El derecho y el deber tanto de un padre como de un niño es la consecuencia natural de su estado y  sus relaciones mutuas.
Derechos y obligaciones, de unos y otros, van de la mano, no son enemigos.
El Estado tiene el deber de proteger esos vínculos y fortalecerlos así como los ciudadanos defenderlos, promoverlos y vivirlos.
Ciertamente, todo lo anterior, se comprende mejor a la luz del amor que debe reinar en la convivencia entre padres e hijos y desde la perspectiva de los intereses mezquinos de grupos de poder.
Concluyamos nuestra colaboración con la lo que dijo Su Santidad Juan Pablo II: “La solidaridad no es un sentimiento superficial, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, el bien de todos y cada uno para que todos seamos realmente responsables de todos”…¡Aquí estamos!...



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